ter. infantil y adolescente

Entender el lenguaje infantil, dirigir al niño hacia el camino de la sociabilidad, es nuestro objetivo. Erradicamos sus miedos, creamos un vínculo de complicidad y afectividad con la familia. Prevenimos los trastornos emocionales en el ámbito social, escolar y familiar. Parece que el hacerse ricos y vivir bien, es el objetivo de nuestros jóvenes, y probablemente lo han aprendido de los mayores. Pero el bienestar se consigue también a través de la salud, la compañía, el amor, la inteligencia, el apoyo social, la seguridad, las ilusiones,… y es la educación la que ha de dotar de sentido a todo esto.

En el caso de los jóvenes, es necesario destacar la importancia especial que tiene el poder contar con oportunidades de participación en los diferentes ámbitos de la vida social (familia, universidad, organizaciones sociales, etc.) para permitir el desarrollo de la identidad personal, el aprendizaje de conocimientos y habilidades que contribuyen al proceso de formación de vínculos sociales y la construcción de una autoestima y autoeficacia satisfactoria. Cuando existe una insuficiencia de oportunidades de participación y falta de recursos, los jóvenes pueden desarrollar actitudes negativas de tipo violento que terminan en delincuencia, consumo de drogas y otras conductas de riesgo para si mismos y para los demás.

La familia como grupo socializador primario funciona como modelo de referencia para el aprendizaje de actitudes, creencias y conductas que condicionan la construcción de la personalidad individual. El malestar se caracteriza por el predominio de emociones negativas tales como ansiedad y depresión, asociadas a situaciones estresantes, como frustración de expectativas y miedos de fracaso, que generan insatisfacción personal, evaluaciones negativas de uno mismo y de los demás, y baja autoestima. Al inicio de la adolescencia aumentan los miedos relativos a una evaluación social negativa y al fracaso personal, con daño a la autoimagen e incremento de la incidencia de fobia social, que llegan a padecer numerosos adolescentes tras perder el reaseguramiento que proporcionan las relaciones familiares.

De forma general, los chicos de 13 a 17 años están especialmente preocupados por la impresión que producen en los demás, por su propia incapacidad para satisfacer las demandas que les hacen padres, profesores y amigos.

A partir de los 17 años se consolida la autoconsciencia y la tendencia a priorizar metas y rendimientos personales, y la selectividad de las valoraciones que hacen de ellos personas específicas. En consecuencia, la focalización prioritaria en sus estados emocionales va a permitir que éstos se manifiesten de forma más intensa y se fortalezca el sentimiento de ser uno mismo, único y diferente de los demás, aunque en este momento también se facilita el inicio de trastornos de ansiedad y depresión.

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